Autor: J.A. Fandiño Cambón

“Estoy hablando con San Pedro ya”

Nos vamos de Cafayate a regañadientes. Es uno de esos lugares en los que, tras alinearse los astros, te quedarías indefinidamente. Te sientes bien simplemente por estar ahí, los días adquieren otro ritmo y la sola idea de marcharte parece insoportable. Ya nos ha pasado otras veces y nos volverá a pasar, pero eso no quita que cuando ocurre sea siempre como la primera vez. Le dábamos vueltas a esto en la sala de espera de la terminal de buses del pueblo. En unos minutos nos subiríamos a un colectivo que nos llevaría, un poco más al norte, a la ciudad de Salta. Un señor se nos acerca, nuestras mochilas ocupaban más de la cuenta y las apartamos para que se pueda sentar. Según nos cuenta pasa de los 80 años y ha venido hasta Cafayate a controlar un negocio que está montando aquí. Todo parece en orden, las obras siguen su curso y él se vuelve a su casa en Salta. Calza gorra azul marino, gastada, con la marca de la que hacía publicidad …

El Sr. Arjona

Durante el día no es un lugar que destaque por su ritmo de vida endiablado, pero por la noche, en Amaicha, no hay mucho que hacer. En la plaza, en uno de los dos puestos de comida que hay abiertos, el Señor Arjona ocupa uno de los dos taburetes frente a la barra. Mientras nos preparan un par de bocadillos, uno de milanesa y otro de lomito, el Sr. Arjona sonríe cauteloso desde su taburete, vendiéndonos las virtudes de la cocinera. Al día siguiente, nos topamos de nuevo con el Sr. Arjona en la puerta de la casa de comidas que hay frente a la terminal de buses de Amaicha. Hoy viene desatado, con una verborrea imparable, aunque igual de amable que la noche anterior. Mientras comemos él empieza con su primer vinito del día, dice. Él comparte mesa y tragos con otro lugareño y van turnándose para pasar por nuestra mesa y saciar cualquiera sea la duda a nuestro respecto que se les pase por la cabeza. Poco a poco se van cociendo con …

Old Hearted Guy

El día en la Frisco de Kerouac, hogar de la Generación Beat y de la librería City Lights, se levanta generoso y me planta un concierto de blues en los morros mientras caminaba por las calles aledañas a Columbus Avenue. La banda está tocando en uno de los locales más antiguos de la ciudad, The Saloon, que tiró su primera caña (o lo que se tirara entonces) allá por 1861. Al principio de la barra se encuentra Charlie, acodado como solo lo hacen los clientes habituales. Cincuentón, canoso, chupa de cuero y cara de haber vivido (y bebido) en sitios más oscuros. Me cuesta entenderle, lleva un rato dándole al alpiste y se le lengua la traba. A pesar del volumen de la música charlamos un rato. Buen comienzo, sabe que Ibiza es una isla. Hace años estuvo en Barcelona y Valencia, con su mujer de entonces, me cuenta. Yo le explico mi viaje, así por encima, y se sorprende de todo lo que he recorrido en tren. Le entusiasma el hecho de que haya …

Bobby

Ya en la estación, Chicago aún me deparaba una última sorpresa. En la sala de espera un hombre se sentó a mi lado y empezamos a hablar. Todo surgió por su interés en lo que estaba haciendo con el iPhone. Creyó que estaba jugando a algún videojuego. Se llama Bobby, tiene 57 años y acaba de salir de la cárcel. Se dirigía a Saint Louis (Missouri) a enterrar a su madre. Había muerto (passed away, que dicen por aquí) estando él en el trullo, la incineraron y le estaban esperando para enterrarla. Yo no pregunté nada, Bobby tenía ganas de hablar. Su mirada, sincera y amistosa, como su conversación, me hicieron sentir que era buena gente, el tal Bobby. No voy a contar aquí por qué lo encerraron, le debo ese respeto. Aunque él me lo contó a los cinco minutos de habernos conocido, mirándome a los ojos. No era orgullo lo que transmitían, pero tampoco vergüenza. Ya había cumplido, estaba fuera y me dio la impresión de que, incluso él creía, era mejor hombre …