Colombia, Viendo la vida pasar
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“¿Y la hierba es legal allí?”

Tenía a dos clientes por delante de mí y verlo trabajar con ellos me tranquilizó. Parecía saber lo que hacía alternando la maquinilla, unas tijeras y un peine en las manos. Se tomaba su tiempo.

A cada pasada de la máquina de rapar deslizaba el peine por la misma zona y daba un paso atrás, para ver el resultado con la perspectiva que da la distancia. Cortar, peinar, paso atrás. Maquinilla, peine, perspectiva.

—Los venezolanos tenemos fama de ser muy buenos peluqueros —me comentó mientras desplegaba esa especie de babero-delantal-capa de superhéroe, tapándome con él todo de cuello para abajo.

Yo no había escuchado esa afirmación en mi vida. Tampoco había estado nunca tan cerca de Venezuela como ahora, nunca me había cortado el pelo un venezolano y no estoy muy al día de qué países surten al mundo de los mejores en este oficio.

Él había llegado a Cartagena de Indias (Colombia) hacía unos meses, por el mismo motivo y camino que miles de sus compatriotas cruzan la frontera, muchas veces a pie. Para buscarse la vida. Trabajando de cualquier cosa.

Vendiendo dulces por la calle o en los autobuses Transmilenio en Bogotá. Cuidando caballos en un establo del Eje Cafetero. Incluso haciendo de artesanos en las calles de Santa Marta, convirtiendo en cinturones, carteras y bolsos unos fajos enormes de bolívares, la moneda venezolana. Tan devaluada que no sirven para comprar nada.

Él trabajaba de peluquero, que aunque le gustaba no era su meta vital. Mientras me rapaba la nuca, parando de nuevo a cada pasada para peinar y poner perspectiva, me confesó que en realidad él quería convertirse en discjockey. Dj-productor, precisó. Estaba en la industria capilar mientras reunía el tiempo y dinero necesario para su aventura musical.

Y lo hacía con mimo, sin prisas, asegurándose de que el que pasase por su silla se levantase de ella satisfecho con el resultado. Las cosas bien hechas, bien parecen. Algo no tan de moda hoy en día. Y ese mismo espíritu parecía aplicarlo a su sueño de dedicarse a la música electrónica.

—Necesito tiempo para hacerlo bien. Es lo que más me motiva, para hacerlo mal no lo hago.

Parecía razonable. Por el contrario, yo, que no tengo ni idea de cómo funciona el asunto, le animé a que probara suerte en Ibiza. No parece algo sencillo, pero sirvió para continuar la conversación.

—¿Allí la hierba es legal? —fue su primera reacción al respecto.

No le preocupaba cómo llegar hasta allí o cuánto podría costarle cruzar el charco. No preguntó si era difícil conseguir visado, permiso de trabajo o residencia. Obviamente, no tenía ni idea de lo complicado de encontrar, y pagar, un techo en la Isla Blanca. Ni de la competencia que se podría encontrar dada la brutal densidad de DJs por metro cuadrado en la mayor de las Pitiusas. Allí el más tonto te mezcla unos temas.

Pero su preocupación era de esperar. Bastaba ver la colección de grinders (trituradores de marihuana) y librillos de papel de fumar que tenía expuestos en la vitrina. Mezclaban bien con las muestras de geles y champúes para el pelo. Encima del aparador, quemando sobre una alargada madera negra decorada con los colores rastafaris, una delgada barra de incienso intentaba enmascarar otros aromas.

Pude ver la decepción en su cara cuando tuve que comunicarle la triste verdad. No, la hierba tampoco es legal allí. Pero no le costará mucho encontrarla. Encontrará todo lo que quiera. Quizás más. Yo encontré, en Cartagena, el primer corte de pelo decente en cinco meses de viaje.

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