Perú, Viendo la vida pasar
Dejar un comentario

Los viernes al sol

El calor aprieta y son solo las 8:30 de la mañana, llegamos a Yurimaguas después de dos buses y 12 horas de viaje. Queremos vivir la experiencia de navegar durante tres días en un barco carguero por el río hasta la capital de la Amazonía peruana, Iquitos, y este pequeño pueblo pesquero es el puerto de salida de nuestra aventura.

Tras llegar al muelle, hablar con mucha gente y sortear varios engaños, acabamos en la “sala” de espera de la única agencia que zarpará hoy. No hay carguero hasta el martes (cuatro días más tarde) y no podemos esperar tanto. Nos toca embarcarnos en una lancha rápida que solo llega hasta Nauta, una ciudad a una hora por carretera de Iquitos, pero que no partirá hasta la noche. Así que finalmente no hay carguero, no hay viaje en slow motion, no veremos casi nada de paisaje porque navegamos de noche y ni el destino hemos conseguido.

Barcos cargueros que hacen la ruta Yurimaguas – Iquitos

Cansados, con los ánimos y la ilusión de nuestra aventura por el Amazonas por los suelos, se prevé un día largo.  Llega una pareja, el chico es peruano, tiene que irse y está preocupado por dejar a su amiga alemana sola. Cierto es que el ambiente portuario, donde los hombres campan a sus anchas con pose de propietarios del lugar y licencia para mirarte todo lo que quieran, no es el mejor lugar para quedarse sola. Le digo que no se preocupe que nosotros nos quedamos todo el día aquí (no hay alternativa), sin poder evitar pensar que está siendo un tanto protector para mi gusto. El día le daría la razón a él. 

Nada más irse, nos situamos en distintos bancos de madera. Hay espacio de sobras y con el calor que hace no hay necesidad de apretarnos. Estamos bajo un techo de chapa, sin paredes y con un televisor colgado precariamente de las vigas de madera como entretenimiento.

Llegan dos hombres, conductores de mototaxi dicen, como aquí hay televisión vienen a descansar. No encuentran mejor lugar para sentarse que al ladito mismo de la chica alemana, se ve que los otros cinco bancos no eran de su agrado. Uno de ellos le habla. Le insiste. Ella le evita muy educadamente. Cada vez está más cerca, hasta que no podemos evitar pedirle que la deje en paz. No tendrá ganas de discutir, sonríe y se retira prudentemente.

Pasamos las siguientes horas dormitando, leyendo, viendo la tele, observando el río y las barcas de pescadores… al fin llega hora de comer. La chica alemana nos pide que le guardemos las cosas y se va a comer algo, no vuelve muy entusiasmada pero por lo menos, dice, ha encontrado un lugar regentado por una señora. Por lo visto el panorama fuera sigue siendo hileras de hombres ociosos con nada más que hacer que observar e incomodar al sector femenino que pasa por delante. 

Le pedimos ahora que nos releve para que vayamos nosotros a comer. Nos levantamos y enfilamos la pasarela de madera que conduce a la salida y nos cruzamos con un hombre, fornido, con la camiseta levantada hasta el vientre. Me giro y veo que de nuevo, a pesar de haber cinco bancos vacíos de más de tres metros cada uno, no ha encontrado mejor sitio para sentarse que a pocos centímetros de nuestra amiga. Es muy cansino. 

Nos miramos entre nosotros y decidimos que uno irá a por comida y el otro se quedará con ella por si acaso. El hombre ni se inmuta ante nuestra presencia, le comenta algo a la chica alemana y ella, ya hasta las narices, se levanta y se aleja. Se la mira, piensa algo y al final parece que éste también a entendido el mensaje, se aleja un poco. 

El calor es ya sofocante, estamos agotados pero sobre todo aburridos y los mosquitos empiezan a hacer acto de presencia. Pasa el rato y llega una señora con su nieto, ¡por fin!. Empiezan a desfilar varias vendedoras ambulantes con coco, jugo y algo que no sé lo que es. 

Partida de cartas improvisada

Aparece entonces un grupo de chicos jóvenes, entrados en carnes y sudorosos. A ver, pienso. Pero no, colocan un papel de periódico en uno de los bancos, se disponen a su alrededor y empiezan a jugar a las cartas. Pasan de la concentración, a las risas, al cabreo: “¡tu jalaste antes!”, “pero si yo tenía un 8 para qué querría jalar”. No entiendo nada pero al menos el ambiente mejora, nos reímos. Se suman cada vez más observadores a la partida, ya hay más gente mirando que jugando. 

El resto de los bancos se van llenando con mujeres y chicas silenciosas que se dedican a mirar el móvil y hacer algún que otro gesto cuando los jugadores se alteran de más. 

Ya solo quedan cinco horas para que salga la lancha. 

Lancha rápida a Nauta

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s