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Postales de (casi) el fin del mundo

Cuando el avión comienza a descender ya hace días que la idea de llegar al fin del mundo se le incrusta a uno en la cabeza. También es verdad que siempre se puede dar un paso más allá y que, hoy en día, resulta tremendamente osado marcar límites tan categóricamente.

También lo es en Ushuaia, que se publicita como la ciudad más austral del globo. De hecho, existen asentamientos más al sur, como Puerto Williams (Chile), pero no con la suficiente población para ser considerados ciudades. En el horizonte, 1000 kilómetros más allá, pasado el Cabo de Hornos, aún queda la Antártida. Ese sí que sería el último gran salto, al menos por estas latitudes.

Cartel Ushuaia

Ushuaia, fin del mundo

A un lado del avión, mientras se aproxima a la pista de aterrizaje con las luces de cabina apagadas, el último sol del día se refleja en las tranquilas aguas del Canal Beagle. Por la otra ventanilla, los escarpados picos se muestran a la vez peligrosísimos y sugerentes. Inabordables e incitantes.

Aquí, en Ushuaia (en toda Patagonia, de hecho), esa dualidad se hace patente en todo momento. Los sentidos no dejan de registrar belleza y almacenan infinidad de postales mentales: las vistas de la bahía desde el Glaciar Martial, clic, la bruma levantándose entre los bosques de lengas camino a la Laguna Esmeralda, clic, las colonias de pingüinos y leones marinos en las islas del canal, clic y clic, o la evocadora estampa del Faro de Les Eclaireurs, clic.

La razón, por otro lado, no deja de advertirte la dureza de las condiciones extremas del lugar. El verano está llegando a su fin y no cuesta imaginar cómo debe ser el invierno en la Tierra de Fuego. Precioso, seguro. Inclemente, todo apunta a que también.

Sin embargo, Ushuaia invita a descubrirla simplemente nombrándola. El hecho de creerse en el último rincón habitable del mundo, navegar por las mismas aguas que FitzRoy y Darwin, incluso la estampa de un simple barco varado (el Saint Christopher, plantado a metros de la orilla desde 1957) consiguen anular cualquier resquicio de cordura, agitar los sueños viajeros de cualquiera y desatar la imaginación hasta niveles no registrados en seres humanos mayores de cinco años.

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