Argentina, Viendo la vida pasar
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“Estoy hablando con San Pedro ya”

Nos vamos de Cafayate a regañadientes. Es uno de esos lugares en los que, tras alinearse los astros, te quedarías indefinidamente. Te sientes bien simplemente por estar ahí, los días adquieren otro ritmo y la sola idea de marcharte parece insoportable. Ya nos ha pasado otras veces y nos volverá a pasar, pero eso no quita que cuando ocurre sea siempre como la primera vez.

Le dábamos vueltas a esto en la sala de espera de la terminal de buses del pueblo. En unos minutos nos subiríamos a un colectivo que nos llevaría, un poco más al norte, a la ciudad de Salta. Un señor se nos acerca, nuestras mochilas ocupaban más de la cuenta y las apartamos para que se pueda sentar. Según nos cuenta pasa de los 80 años y ha venido hasta Cafayate a controlar un negocio que está montando aquí. Todo parece en orden, las obras siguen su curso y él se vuelve a su casa en Salta.

Calza gorra azul marino, gastada, con la marca de la que hacía publicidad ya borrada. Se ayuda de un bastón de madera para caminar y, al sentarse, lo hace a cámara lenta y con ese suspiro final tan característico de los que vamos teniendo una edad. Viaja únicamente con una pequeña bolsa de mano, que deja sobre su regazo mientras nos da conversación.

Obviamente, a la segunda frase ya nos ha identificado el acento, y se arranca. Por lo visto su padre era español, de Granada. Hace algunos años él mismo visitó el país y, ahora, nuestra presencia le parece la mejor de las coartadas para explicar aquel viaje. Aprovecha, de paso, para hacer gala de todos sus conocimientos de la historia española. Se gusta y la cosa adquiere tono de clase magistral.

Parece convencido de que escuchamos todo eso por primera vez. Y sí, algunos de sus datos históricos no los habíamos escuchado antes. Quizás porque no son ciertos. O porque no ocurrieron nunca, que viene a ser lo mismo. Pero lo hace con gracia y casi le cogemos hasta cariño. Acaba confesándonos que le encantaría volver a visitar España. Nunca es tarde, le recordamos, aunque él da por perdida esa posibilidad.

– Yo estoy hablando con San Pedro ya.

Llega nuestro colectivo al andén, subimos los tres y nuestros asientos resultan estar justo detrás del suyo. A su lado se sienta un señor francés, con pocas ganas de charla, al que en dos minutos le está contando un viaje que hizo alguna vez por su país.

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