Argentina, Viendo la vida pasar
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El Sr. Arjona

Durante el día no es un lugar que destaque por su ritmo de vida endiablado, pero por la noche, en Amaicha, no hay mucho que hacer. En la plaza, en uno de los dos puestos de comida que hay abiertos, el Señor Arjona ocupa uno de los dos taburetes frente a la barra.

Mientras nos preparan un par de bocadillos, uno de milanesa y otro de lomito, el Sr. Arjona sonríe cauteloso desde su taburete, vendiéndonos las virtudes de la cocinera.

Al día siguiente, nos topamos de nuevo con el Sr. Arjona en la puerta de la casa de comidas que hay frente a la terminal de buses de Amaicha. Hoy viene desatado, con una verborrea imparable, aunque igual de amable que la noche anterior. Mientras comemos él empieza con su primer vinito del día, dice. Él comparte mesa y tragos con otro lugareño y van turnándose para pasar por nuestra mesa y saciar cualquiera sea la duda a nuestro respecto que se les pase por la cabeza.

Poco a poco se van cociendo con el vino tinto y a cada vez entiendo menos lo que dicen. Nos muestra un par de docenas de huevos que lleva en una bolsa, para hacer empanadas de pollo, entiendo. Como siga tomando igual no llegan enteros a casa, pienso yo.

La camarera se acerca a su mesa e informa a los paisanos que se le acabó el vino que estaban bebiendo a 15 pesos el vaso. Sólo le queda otro 5 pesos más caro.  Caras desencajadas, miradas de incomprensión y pánico.

– ¿Y vino blanco a 15 pesos, no tienes? – preguntan, con cara de conocer de antemano la negativa que dibuja la cabeza de la camarera.

Pero el Sr. Arjona toma la iniciativa. Se levanta de la silla, no sin esfuerzo, y se acerca hacia nosotros. Nos suelta una perorata sobre que somos hermanos y que no quiere molestar, intentando burdamente que le acompañemos bebiendo y de paso le  invitemos a un trago ahora que le han subido el precio.

Yo me declaro abstemio, probablemente la peor mentira que ha salido de mis labios, y rechazamos la “invitación”. El bueno del Sr. Arjona no sabe que ya rondaba por nuestra cabeza convidarlos a una ronda. Por la charla, por el buen rato echado. Pero al haberlo pedido, pierde toda la gracia.

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