Viendo la vida pasar
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El Warung de Putu, Lovina

Si soy sincera no daba un duro por Lovina. Por lo que había leído y me habían contado, este pueblecito del norte de Bali prometía poco o nada. Vine porque era un buen punto de salida para alguna excursión interesante como las cascadas GitGit, y porque me resistía a pensar que el norte de la isla no tenía nada que ofrecer. Será el instinto, no lo sé, pero acerté.

Llevaba sólo unas horas allí y ya me estaba enamorando. El hotel que escogí corriendo y deprisa resultó un 10. Un lugar tranquilo, a escasos dos minutos andando a la playa y con un campo de arroz verde increíble delante de mí habitación/cabaña.

Después de viajar desde Ubud toda la mañana y darme un bañito en la piscina para refrescarme del sofocante calor (vida dura, lo sé), el dueño del hotel me recomendó un Warung cercano para comer buena comida local y a un precio más que razonable, segundo acierto. No era hora de comer ni cenar así que el sitio estaba a mi disposición, y su dueño Putu también, para mi suerte. Esperó un tiempo prudencial para sentarse a mi lado, buena señal, no quería atosigarme simplemente compartir una agradable charla.

Al preguntar por uno de sus platos, Mahi Mahi, se acercó y me contó que se trataba de pescado frito acompañado de arroz y noodles. El pescado no era del mercado, por supuesto, sino “recién pescado esa mañana por los pescadores de la playa a tan sólo 100 metros”, me comentó con cara de orgullo.

Putu lleva más de 35 años regentando este pequeño local de no más de 5-6 metros cuadrados, abierto completamente a la calle y con tan sólo cuatro mesas. Pero este humilde negocio es lo que ha dado de comer a sus 5 hijos y 12 nietos.

De piel morena, ojos expertos y sonrisa permanente, con una constitución que delata su trabajo físico diario y una pequeña coleta que le recoge el pelo negro azabache. En escasos 5 minutos me hace un resumen de su vida y familia, mientras su hija mayor que le ayuda con el negocio se ríe y pone cara de “ya está contando las batallitas otras vez”, o eso interpreto yo. Pero a mi me encanta, estoy completamente absorta escuchándole y aprendiendo de cada palabra que me cuenta. Se emociona al explicar que su mujer murió por la diabetes hace dos años y ahora se encuentra solo pero con una familia tan grande y un negocio como el suyo no puede más que estar feliz. “No tengo necesidad de envidiar a nadie, con lo que tengo me basta”, me dice.

Sus facciones y sus historias me engañan, quizás es porque al hablar de su mujer me recordó tanto a mi abuelo que le puse más edad. Creí por sus palabras y sus arrugas que tendría 70 años, quizás más. Pero no, le pregunto educadamente por su edad y me dice con una sonrisa blanco deslumbrante que tiene 62 años.

Mientras vamos charlando no hace más que pasar gente que le saluda, algunos cruzan tan sólo unas palabras y otros se piden una cerveza y se quedan a compartir la tarde con él. Es un auténtico relaciones públicas. La primera es una chica andaluza que le saluda en indonesio y se le ilumina la cara nada más verle. Vivió aquí un tiempo, y ahora ha vuelto sólo unos días para visitar los amigos, entre ellos Putu. Luego llega una pareja búlgara, no hablan mucho inglés pero tampoco se resisten a compartir lo que han hecho hoy con él. Sigue otro búlgaro, éste residente en Lovina que se sienta como si estuviera en el salón de su casa dispuesto seguramente a pasar el resto de la tarde o noche allí cerveza en mano. Un chico local, un alemán, un turista recién llegado como yo… Putu me dice que es temporada baja y que ahora no tiene mucho trabajo, no me imagino como será este sitio en verano.

Mientras la vida sigue en la calle, en el guesthouse que hay delante no paran de entrar y salir occidentales en moto, potenciales clientes para Putu no me cabe la menor duda. Una chica de no más de 20 años pasea a un bebé con un súper triciclo adornado con ositos y hasta con sombrilla incorporada. Un carrito de comida se sitúa cerca y se prepara para las cenas, algunos jóvenes locales pasan con la moto a más velocidad de lo que deberían por la mirada de desaprobación que les marca mi anfitrión.

Es la vida simple de un pueblo que sobre el papel no está al nivel de una isla como Bali, “el paraíso”.  Incluso sus playas son negras y no blancas como sus vecinas del sur. Parece que todo le va en contra a Lovina pero por alguna extraña razón, tengo la sensación que aquí se encuentra el Bali real no el de las postales, y eso es lo que he venido a buscar.

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