Viendo la vida pasar
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Serán las cicatrices del pasado

Tras pocos días de convivencia en un hogar canadiense, Dolly me ofrece una taza de te y una charla que me descubre la encrucijada en la que vive esta familia. Ella es descendiente de los inuits, aunque ya le quede poco de la cultura de sus antepasados. Si no fuese por las facciones que la delatan, nadie intuiría en ella sus raíces.

Dice que recuerda algunas de las costumbres que su madre se ha empeñado en mantener, como comer pescado fresco habitualmente (algo no muy extendido en Ontario, donde ella vive) y alguna que otra palabra de “su lengua”, el Inuktitut. Dolly, quién ya pasa de los 40, no conserva más que vagos recuerdos de la que se supone es su cultura, la misma de los primeros pobladores de las zonas árticas de América y Groenlandia

Su marido, Nelson, emigró a Canadá cuando era joven procedente de Goa, el estado más pequeño de India. Él sí conserva recuerdos de su tierra natal, las playas, el sol, la comida… eso me cuenta mientras una leve sonríes le ilumina la cara. 

A su hija Amanda estas conversaciones le quedan lejos. Su mundo es el de cualquier adolescente norte americano. Su comida preferida está en McDonald’s y si quiere salir va al mall (centro comercial). Allí chismorrea con sus amigas, mira escaparates y pasa el tiempo hasta que su madre la pase a buscar. Mientras, Nelson tendrá que entrar a trabajar en el turno de noche de una fábrica para ofrecerle lo que él llama “un futuro mejor” a su única hija. 

Amanda podría vivir entre dos culturas pero la realidad canadiense permite que todos aquellos que llegan o nacen en este país olviden el concepto “extranjero” y se identifiquen con una sociedad que quiere definirse por la multiculturalidad y la tolerancia. Pocas son las comidas, festividades o tradiciones comunes, solo la voluntad de sentirse miembro de una misma nacionalidad.

Pero la historia pesa y aunque el presente quiere regirse por el respeto, no siempre fue así. Por eso Dolly tiene un carné que la identifica como india nativa de Canadá, el Secure Certificate of Indian Status (SCIS). Con él, accede a ayudas económicas y servicios públicos especiales, y con  él también, podrá enviar a su hija a la universidad, gracias a los descuentos que proporciona en la matrícula. De otra forma sería imposible, “si tuviera que pagar la matrícula entera, Amanda no podría acceder a la universidad”. 

Muchos inuits han perdido sus costumbre, su lengua y casi toda su identidad por la integración en esta gran nación que es Canadá. Aún así, todavía algunos de ellos mantienen un estatus inferior, menos recursos y la necesidad que el Estado les subvencione. Serán las cicatrices del pasado. 

Ellos limpian su consciencia y nosotros accedemos a una vida mejor”, me confiesa Dolly mientras sorbe un poco de té. 

*Esta conversación tuvo lugar hace años y puede ser que la realidad de esta familia haya quedado desfasada. No he tenido la suerte de volver recientemente a Canadá para confirmarlo. A pesar de eso, el trasfondo de lo contado creo que puede seguir vigente y en cierto modo, podría sacarse alguna conclusión interesante. Lo dejo al criterio del que lo haya leído. 

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